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Dirigir una organización escolar es esencialmente un “juego” de continuas tomas de decisión. Distinguimos en general, dos tipos de toma de decisión: aquellas que son tomadas por la dirección u organismos externos sin la participación de otros actores de la comunidad escolar o aquellas que se toman consultando a uno o varias de las partes interesadas.

De cierta forma, esta última modalidad nos parece la más correcta y participativa. En general, pensamos que es deseable y necesario para tomar las mejores decisiones escuchar la opinión de otros o que seamos consultados con respecto a qué pensamos.

De hecho, al tomar decisiones de forma compartida se utiliza la experticia de aquellos involucrados en el proceso, aumentan la moral, confianza y motivación, fomenta capacidades de liderazgo y nuevos líderes entre otras cualidades positivas.

 

Sin embargo, el proceso de toma de decisión requiere desde la perspectiva de la gestión directiva, saber en qué consiste, cuándo y cómo es pertinente proceder colaborativamente, ya que no todas las situaciones o desafíos son susceptibles de ser resueltos con el mismo grado de participación.

La toma compartida de decisiones es un proceso en el que una variedad de miembros de la comunidad escolar colaboran en la identificación de problemas, definición de objetivos, formulación de la política y disposición de la dirección, velando por la aplicación de las decisiones. Las personas responsables de la ejecución de una decisión se involucran activa y legítimamente en la toma de la decisión.

 

Para tomar decisiones compartidas se requiere de altos grados de colaboración y confianza, la responsabilización de todos por sus acciones, una buena disposición al cambio y tomar en cuenta los aportes de todos los interesados o afectados por la decisión que se está tomando.

 

Para ello, es clave que las organizaciones hagan cambios, pasando a un control directivo a uno de equipo, reemplazando la preocupación centrada en roles a una centrada en las relaciones, disminuir los niveles de autoridad para proceder de forma colaborativa, ampliar el espectro de responsabilidades y dar una importancia al trabajo en equipo por sobre el control.

Ahora bien, las decisiones efectivas, requieren de ciertos elementos a tener en cuenta previamente, especialmente cuando se involucra a otros para tomarlas. Primeramente, exige entender el contexto de la decisión que implica clarificar que todos entienden lo mismo con respecto al tema que los reúne, que se tengan presentes los plazos y posibles efectos de la decisión en el grupo. Recopilar información pertinente al problema y solución es central.

 

Por otro lado, es importante que un director defina quiénes debieran estar involucrados, respondiendo a ciertas interrogantes guías:

 

a) ¿Quién tiene la autoridad para tomar la decisión?

b) ¿Quién es el responsable final de los resultados?

c) ¿Quiénes se ven directamente afectados ahora y en el futuro?

d) ¿Quién tiene información vital?

 

En este punto del proceso es relevante entender que involucrar a otros en una decisión no es lo mismo que hacerlos responsables de la misma.

Otras variables a tener en cuenta para definir el estilo de la toma de decisiones, son el tiempo y plazos claves, si hay confianza mutua, si se quiere o no desarrollar el trabajo en equipo más fuerte, si la decisión es crítica y finalmente, si requiere lograr altos niveles de aceptación.

 

Desde otro punto de vista, en toda toma de decisiones hay dos factores que van a incidir en cómo se decide: la calidad (técnica) y la aceptación (ver figura). A partir de la relación entre ambos emergen cuatro estilos diferentes para proceder.

La consulta es pertinente cuando calidad y aceptación tienen la misma importancia e implica conversar con otras personas o grupos, aunque el líder luego decide por sí sólo.

El mandato corresponde a aquellas decisiones en que la calidad es primordial y la aceptación no lo es tanto. En estos casos, el líder tiene la experticia suficiente para tomar la decisión más efectiva sin consultar a otros.

 

El consenso permite responder a las necesidades de aceptación por sobre la calidad y  consiste en reunir al grupo y trabajar para llegar a un acuerdo sustancial.

Finalmente, la conveniencia se da cuando ni la calidad ni la aceptación son tan importantes. En esos casos, la decisión se toma siguiendo el camino más fácil o delegándola en otros, quienes incluso pueden sentirse recompensados. No se trata de decisiones irrelevantes, pero si menores como por ejemplo ubicar un nuevo estante para las pinturas en la sala de artes.

 

En definitiva, tomar decisiones es un proceso continuo y complejo que se da en todos los niveles organizacionales. Para potenciar positivamente este proceso, gestionar correctamente la participación de los diversos actores de la comunidad escolar y encontrar soluciones efectivas, es clave “decidir cómo decidir”, teniendo en cuenta las diversas situaciones y procedimientos que mejor se ajustan a cada una.

 

John de Flaminis

Executive Director, Penn Center for Educational Leadership 
Adjunct Professor of Education

Academic Associate

Graduate School of Education
University of Pennsylvania

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